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Literatura inmortal

La leyenda de Balder

(Completa)

Tomado de Flor de Leyendas de Alejandro Casonna.

Los «escaldas», poetas primitivos de Islandia y Noruega, cantaron la vida de los doce dioses escandinavos, hijos de Odín. Sus cantos forman el libro de los «Eddas». He aquí la palabra y el acento del viejo libro sagrado en  el canto llamado «Voluspa», donde se cuenta la leyenda del joven Balder, dios de la luz.

En la séptima estancia del cielo escandinavo, allí vive  Balder, el más joven y bello de los dioses. Lleva una corona de hojas blancas y ramas verdes. Sus ojos azules son  inmensos como el mar; sus vestiduras blancas deslumbran como la nieve con sol, y al paso de sus sandalias canta el pájaro y crece la yerba azul. Jamás ha caído una mancha, de lodo ni de sangre, en la mansión de Balder.



Es el hijo predilecto de Odín, padre de los dioses y de Friga, la Madre Tierra. Es la alegría de sus hermanos, todos más fuertes y más oscuros que él, señores del trueno y del fuego, de la música y del arco iris, de la sombra y de los desiertos helados. Y es el esposo de Nana, la diosa de las flores, que canta siempre en los jardines celestes, tejiendo la corona que todas las mañanas ha de entregar al amado. Una noche Balder tuvo un sueño terrible. Soñó que moría a traición a manos de uno de sus hermanos, y  vio su reino azul teñido de sangre.

Por la mañana se levantó lleno de angustia. Sus ojos  estaban empañados de bruma. Cogió tristemente la corona de hojas que Nana le tendía de rodillas y, sin besar  a la esposa, se alejó en silencio en busca de su padre. Nana se apretó las manos sobre el corazón. Era la primera vez que Balder no lanzaba su risa clara sobre el amanecer.

En su tienda de plata del Valhalla está Odín, señor de ¬las batallas. Blanca es su barba y azul el largo manto. En la diestra sostiene la lanza de fresno con la que domina al mundo. Y luce en la izquierda el brazalete de oro que hicieron para él los nibelungos[1] . No tiene más que un ojo[2]. Sobre sus hombros se posan los cuervos de la sabiduría y a sus pies vigila un lobo.
Balder entra lentamente en el Walhalla. Ha atravesado el bosque de hojas de oro que rodea la muralla, ha franqueado la puerta custodiada por las águilas y penetra en la inmensa sala cuya alta techumbre de escudos sostienen las lanzas de los héroes.

Los guerreros, ante sus tiendas de roble y pieles de oro, encienden fuego con sus espadas, y las valkirias ordeñan para ellos el divino hidromiel en la ubre de la cabra sagrada.

Odín ha escuchado de labios de su hijo el terrible sueño. Nada responde, y medita hundiendo su barba en el pecho; la lanza de fresno tiembla estremecida en su mano. Después se levanta, ensilla su caballo y, clavándole la espuela, se lanza por la puerta del Norte hacia el país de la niebla.

El dios de las batallas va a consultar a una antigua sacerdotisa dormida desde hace cien años entre los hielos. Su caballo vuela sobre la tempestad; lleva grabadas en los cascos las sagradas runas[3]  y por eso sus patas no tocan en el suelo.

Cuando llega a los altos hielos sale a recibirle el Perro de la Muerte con el pecho ensangrentado y aullando lúgubremente. Pero Odín no se detiene; salta sobre el perro fatídico y va a llamar con su lanza en la tumba de la sacerdotisa. Tan fuerte es el golpe, que el sueño de cien años se quiebra.
— ¿Quién se atreve a romper mi silencio?

—Soy Odín, tu señor. Mi hijo Balder ha tenido un sueño terrible...
—Lo sé —responde la sacerdotisa—. Pero Balder no ha soñado más que la verdad. Su propio hermano le matará sin saberlo, y la mansión azul se teñirá de sangre. Alguien está ahora mismo meditando la traición.

—¡No quiero que muera Balder! —grita el dios.
Pero la sacerdotisa blanca no se turba. Con los ojos quietos, sin mover los labios, responde:
—De nada sirve tu poder. Podrás desterrar de tu lado a todos los dioses y los héroes; podrás castigar al culpable. Pero el Destino es superior a ti. Balder morirá. Y ahora vuelve a tu reino, Odín. Quiero dormir de nuevo y no pronunciaré más palabras.

—Aguarda, ¡oh sacerdotisa! Dime, al menos, quien es el traidor.
Pero la sacerdotisa se reclinó de espaldas en la nieve y cerró los ojos. Una capa de hielo cubría sus labios y sus vestidos.

Mientras su padre hacía el viaje al Norte, Balder fue en busca de su madre Friga y le contó el triste presagio. Friga lloró abrazada a su hijo. Pero de pronto sus ojos brillaron alegremente:
—No morirás, hijo mío. ¡Yo te salvaré!
Friga recorrió aquella mañana todo el cielo y la tierra. Buscó al rayo y le dijo:

—Rayo: júrame que no matarás a mi hijo Balder.
Y el rayo juró.
—Lobo: júrame que no matarás a mi hijo Balder.
Y el lobo juró.       
—Piedra: júrame que no matarás a mi hijo Balder.
Y la piedra juró. Y por amor de Friga juraron todos los metales, y el fuego y el agua y todas las enfermedades, y las fieras y las aves y los peces. Y juraron también las serpientes, y todo lo que se arrastra.
Entonces la diosa volvió radiante al lado de su hijo, diciendo:

—El mal sueño se ha desvanecido. Ya eres invulnerable contra todo.
Y la risa de Balder estremeció de nuevo, gozosamente, las nubes.

Cuando la tarde caía, y sus hermanos iban llegando, Balder los llamaba alegremente, desafiándolos a herirle con sus armas. El primero en llegar fue Tyr, el dios de la victoria, con su larga lanza de cobre y su estandarte de púrpura.


—Hiéreme con tu lanza, Tyr —gritaba Balder.
Pero la lanza se embotaba en su carne.
Después llegó Heimdal, el dios del arco iris, con sus flechas de plata y su estandarte de siete colores.
—Hiéreme con tus flechas, Heimdal —gritaba Balder.
Pero las flechas, resbalaban sobre su carne.
Después llegó Thor, el primogénito, en su carro de bronce tirado por dos cabras.
—Hiéreme con tu maza, Thor —gritaba Balder.
Y la maza rebotaba contra su carne. 

Así fueron llegando los doce dioses hermanos. Y al ver la fortaleza del joven Balder reían y le abrazaban dichosos pensando que estaba libre de la muerte.
Pero no todos ríen en el cielo. Hay un dios bastardo, hermano de Odín, que se muerde los labios, despechado. El Loki, el negro dios del mal, que odia en su corazón a Balder porque es la pureza y la luz.

Loki, mientras los hijos de Odín abrazaban a su hermano invulnerable, se disfrazó de doncella y entró en el palacio de Friga. Estaba la blanca diosa preparando las copas de hidromiel para sus hijos. La falsa doncella se acercó a ayudarle.

— ¿Qué hacen ahora mis hijos? —preguntó la diosa.
—-Juegan arrojando sus armas contra Balder.
—Mi hijo es invulnerable. Todos los elementos de la Naturaleza me han jurado respetar su vida.
— ¿Todos? —replicó la falsa doncella—. ¿No se te habrá olvidado, ¡oh Friga!, pedir juramento a alguno?
—Sólo a uno —contestó la diosa—. Uno tan pequeño, tan débil, que no podría hacer daño a mi hijo aunque quisiera. Es esa planta verde que crece junto a la muralla de Oriente del Walhalla. El muérdago es su nombre.

Cuando el traidor Loki supo esto salió sin ser notado y, recobrando su forma natural, se encaminó al Walhalla. En la muralla de Oriente encontró el muérdago, retorcido y verde; arrancó una rama, la emponzoñó con su aliento y, aguzándole un extremo en forma de dardo, volvió a la asamblea de los dioses.

En aquel momento regresaba Odín de su viaje.
— ¡Padre Odín! —gritó Nana al verle—. Mi esposo, el hermoso Balder, está libre de la muerte. ¡Mira!
Y a estas palabras los dioses reanudaron su juego, lanzando contra el hermano sus flechas, atacándole con sus lanzas y sus hachas de combate. Balder reía, blanco y brillante como la luna llena.
Entonces Loki se acercó a Hoder, hermano gemelo de Balder, que estaba sentado aparte, en silencio. Hoder no tiene ojos porque es el dios de la noche.

— ¿Por qué no tomas parte en el juego? —le preguntó Loki el traidor.
—Soy ciego —respondió tristemente Hoder—. Yo no puedo hacer honor a mi hermano lanzándole mis armas.

—Yo guiaré tu brazo —replicó Loki—. Toma esta rama de muérdago y lánzasela al corazón. Tu hermano se alegrará al verte participar en su homenaje.

Y así se hizo. Hoder tomó en su mano la rama verde y, guiado por Loki, la arrojó contra el hermano. La saeta de muérdago silbó en el aire y fue a clavarse temblando en el corazón del dios.
Balder se llevó las manos al pecho abierto y se desplomó hacia adelante. Un largo chorro de sangre manchó su vestidura blanca.

Y un gran silencio de espanto sobrecogió a todos. Odín se tapó el rostro con su manto; los hermanos, inmóviles, se miraban unos a otros sin acertar a pronunciar una palabra. Hasta que el llanto de Friga y el dolor a gritos de Nana vinieron a sacarles de su asombro. Pero de nada sirvieron los llantos de la madre y de la esposa; de nada, el grito de venganza de los hermanos; de nada, el poder y la sabiduría de Odín. El destino se había cumplido.
Cuando Balder cerró los ojos se hizo la noche en el cielo y en la tierra.


En la negra noche se celebraron los funerales de Balder. A hombros de sus hermanos fue transportado el blanco cuerpo a la orilla del mar y tendido sobre la cubierta de su navío varado en la playa.
El padre Odín y la madre Friga iban detrás del hijo. Después las valkirias y los cuervos de Odín. Después, los gigantes de las montañas. Y al fin, los enanos, las musicales «nises» del agua, los «elfos» blancos y verdes.

Pero cuando los dioses trataron de poner a flote el fúnebre navío, no fueron bastantes todas sus fuerzas. Hubo que llamar para esta empresa al gigante Volcán, que llegó montado en un lobo y con tres serpientes vivas arrolladas a la cintura. El gigante cogió entre sus manos los costados del navío y lo lanzó sobre las olas.

Pero a su contacto el barco empezó a arder. Entre las llamas, sin consumirse, más ardiente y blanco que nunca, brillaba el cuerpo de Balder.

Nana, de rodillas en la playa, lloraba la muerte del amado. Tanto lloró que su corazón se partió en pedazos. Entonces Odín ordenó que fuera depositada sobre cubierta, al lado del esposo. Y arrojó entre ellos su anillo de oro.

Sobre el oscuro mar, sin luna y sin estrellas, brillaba más que el día el navío ardiente en que Balder y Nana hacían su viaje al reino de los muertos.

Desde entonces los navegantes del Norte, los fuertes vikingos, imitaron los funerales de su dios, haciéndose enterrar de noche en una barca ardiente, y en el negro mar.
Pero he aquí que Friga, no pudiendo resignarse a la eterna ausencia del hijo, convocó a los dioses y les dijo: ¿No hay entre vosotros un valiente capaz de bajar al reino de los muertos a rescatar a vuestro hermano? Tome el caballo de Odín el que se atreva.

Y el pequeño Ágil, mensajero de los dioses, se adelantó diciendo:
Yo iré a buscar a mi hermano. Yo ofreceré a la diosa de la muerte el rescate que pida. Dadme el caballo de mi padre.

Nueve días y nueve noches duró el viaje del mensajero, siempre hacia abajo y hacia el Norte, a través de sombríos valles, y precipicios sin fondo. Cuando llegó al rio del Silencio y atravesó su puente de oro, los centinelas quisieron detenerle diciendo:
-¿Quién eres tú? Tu rostro no está pálido, tus ojos brillan. Ayer pasaron por aquí cinco legiones de guerreros muertos y el puente no temblaba debajo de sus caballos como tiembla ahora debajo del tuyo. ¿Quién eres tú?

— ¡Apartad! —Gritó el dios—. Voy en busca de mi hermano.
Y diciendo esto, saltó sobre ellos. Y cabalgó más aún en el abismo negro.
Y llegó ante las murallas de la muerte. Una puerta de bronce defendía la entrada; tan alta era que los ojos no alcanzaban a divisar el dintel. Ágil llamó tres veces con su lanza; el eco retumbaba dentro como un trueno oscuro. Pero nadie respondió.
Entonces Ágil se apeó, apretó fuertemente la silla y, volviendo a montar, clavó la espuela en los ijares del caballo que, con un relincho furioso, se lanzó de un bote por encima de la muralla.
En el reino de los muertos, en un alto sitial, hermoso siempre, pero pálido y quieto, estaba Balder. Nana, apoyada en su rodilla, estaba sentada a sus pies.

Ágil llegó ante el trono de la blanca Hel, la diosa de la muerte, y le habló de rodillas:
—Devuélvenos a mi hermano, ¡oh Hel! Todo en el cielo y en la tierra está triste por su muerte.
La pálida Hel no se movió. Mucho tardó en contestar; su silencio era blanco y frío como ella. Y dijo al fin:
—Si es verdad lo que dices, el joven dios regresará a su reino. Vuelve, ¡oh mensajero!, y di a todas las cosas del cielo y de la tierra que lloren por el hermano Balder.
Con estas noticias, Ágil se encaminó nuevamente a los cielos. Odín envió heraldos por todas partes pidiendo a la Naturaleza entera que llorase la muerte de Balder. Friga misma paseó sus sandalias por la nube y la roca suplicando una lágrima por su hijo.
Y todo en el mundo—los hombres y los animales, las plantas y las piedras, la yerba y los metales—, todo en el mundo lloró, como lloran las cosas cuando hace frío y sale el sol.
Y sobre el rocío de la Naturaleza, Balder y Nana fueron rescatados de la muerte y volvieron al reino de la luz.
Esto es lo que nos contaron los «escaldas», los antiguos poetas noruegos e islandeses.
Después, los nuevos poetas, que ya no saben inventar leyendas, se limitaron a interpretar las palabras de los antiguos. Y dijeron:
—Balder es el estío. Hoder es el invierno. La blanca luz y la sombra ciega, son hermanas. Cuando el estío muere, Nana, la diosa de las flores, muere con él. Y con ellos se entierra el anillo de la fecundidad. Pero el rocío, la lluvia, el llanto triste del invierno, harán renacer una y otra vez al dios de luz.
Y también dijeron:
—El traidor es pequeño, retorcido y venenoso como el muérdago. Crece en nuestro propio huerto. Pero tan despreciable nos parece que ni siquiera intentamos defendernos contra él. Por eso puede herirnos.
Este es el pensamiento de los poetas nuevos.
Pero es más bello el canto de los antiguos «escaldas».

[1] Es draupner, el anillo mágico que cada nueve noches produce otro anillo igual, símbolo de la fecundidad.
[2] El otro hubo de entregarlo en la fontana de Mimer a cambio de un sorbo de agua de la ciencia.

[3] Fórmulas mágicas inventadas por Odín, que constituyen el lenguaje de los poetas y los dioses.

1 comentario:

  1. El mito explicado deja de ser mito, es decir, deja de ser poesía, por eso "es más bello el canto de los antiguos "escaldas" ". Hermosa leyenda de la época de los dioses del Valhalla

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